Este lunes (de puente), cuando volvía a casa de mis padres, en Logroño, después de salir, me encontré con Mateo, un antiguo compañero de clase. Eran más de las seis de la mañana. Había sido una larga y divertida noche. Mateo iba acompañado por una cuadrilla de amigos de su pueblo, algo mayores ya. Caminaban hacia mi casa, me mezclé con ellos y empezamos a hablar de mil cosas y a reírnos de todo. A medio camino, Luis, uno de los chicos, con mirada nerviosa, me dijo que iban a casa de "una chica", y que fuese con ellos. Me pareció bien, siempre que no me desviasen mucho de mi camita. No habíamos andado mucho cuando paramos en un portal y alguien llamó al portero automático. Tras identificarse como vecinos del pueblo del que habían venido, la puerta se abrió. Subimos sólo un piso, entre constantes reclamos de silencio por parte de alguno de los chicos. Comencé a sentir una excitación extraña en mis compañeros de visita, así que pregunté a Mateo a dónde íbamos. Él, también nervio...